Decidí entonces irme, darle a la situación la importancia que realmente merecía, estaba yo de frente con mi extrañeza, estaba parado en el borde de mi cuerpo asomándome hacia otros cuerpos más extraños, enclaustrados todos en una jaula invisible donde chocan fácilmente con las paredes, no era preciso quedarme, solo cerrar la puerta con la certeza que no volvería dejando atrás todos esos años que se escondían en cada gaveta, en cada cajón, en cada renglón de los libros que había exprimido uno tras otro, había tomado todo de ellos y ahora los dejaba ahí, empolvados y olvidados en el más oscuro rincón de mi habitación húmeda, caliente y estrecha.
Recordaba claramente mis actividades del día anterior, el mismo camino largo por la Av. del sol a las cuatro de la tarde con los rayos de frente sobre mi cara, y el sonido de las tuberías antiguas aun retumbando en el espacio que tu voz dejaba a mi cerebro. Vivo en Villavicencio una ciudad olvidada por la contemplación, acá donde el mundo pasa frente a quinientos mil ojos cansados, y conformes que solo toman la parte de paisaje de la que son dueños y sin pronunciar “por qué” o “para qué” siguen exponiendo sus ojos al nocivo brillo de las joyas o los carros último modelo que hacen pasarela por las calles esquivando perros e indigentes que se asolan a lado y lado de las carreteras muertas, las carreteras que tomo a diario para llegar al centro, las carreteras que marcan mis viajes cercanos, mis paseos sabatinos a la montaña donde solo se sube de día y con sol.
Aunque acepto con algo de ensimismamiento que exagero un poco en la importancia que pronuncio, debo dejar claro al lector que nunca encontré una estupidez más concentrada en el hecho de quedarme. Lo que detono la decisión fue – más que un impulso – el deseo y (casi envidia, debo admitirlo) que creo en mi la lectura de Gonzalo Arango, encontré entre las crónicas de sus viajes motivos tan personales que no dude nunca en compararlos con los míos – aunque un poco más jóvenes y débiles – igual de mortíferos e impregnados de impureza.
Fue esa tarde, cinco de septiembre del año dos mil diez, cuando parado frente a mi puerta con la cabeza llena de todo lo que acabo de contar, encamine mi viaje hacia otras tierras, desconocidas por mis ojos que hasta ahora solo sabían de asfalto, puentes, semáforos, letras, y alguno que otro numero enmarañado entre los errores pedagógicos de los que fui víctima durante toda mi infancia y la mitad (podría jurar que la mitad) de mi juventud.
El objetivo estaba claro, con la única idea de contrariar los sentimientos “patrióticos” que por estos inundan las mentes, diciendo que antes de conocer el mundo deberíamos recorrer nuestra patria (suele designar la tierra natal o adoptiva a la que un individuo se siente ligado por vínculos de diversa índole, como afectivos, culturales o históricos.) me encamine hacia el sur, llegaría a la Av. Panamericana, cruzaría la primera frontera y de ahí a donde la carretera me llevara, no podría aunque quisiera llevar conmigo más que un par de mudas de ropa, un cuaderno y un esfero, un camping, abrigos, y la pipa esa grande de guadua tallada por mis manos que guardaba mil y un recuerdos.
Camilo Orjuela
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